Hace algunos años me di cuenta de que el cerebro humano es una máquina fascinante. Y lo continúo pensando.
Hace algunos días, por algún extraño motivo, mi mente recordó el olor de la panadería que hay en mi primer barrio de Málaga, en Martínez de la Rosa, junto a una esquina. Al cerrar los ojos volvía a caminar por aquellas calles, con las rodillas raspadas, las mellas y los remolinos en el pelo. Hace más de quince años de aquello. Hoy he vuelto a tener una sensación similar. Mientras trabajaba en la oficina, estaba escuchando Radio Cinco, hacía tiempo que no la escuchaba.
De repente, una melodía. Era la sintonía de fondo de la sección. Su ritmo me desplazó de nuevo más de diez años atrás. A una edad en la que no había motivo para preocuparse ni excusa para no ser feliz. La mayor preocupación era encontrar amigos suficientes para jugar al futbol o que la siguiente ola no se llevase el castillo de arena que acababas de construir en la orilla. La playa, mis padres, mis hermanos. Mis amigos. Noches en las que el más exquisito manjar eran los bocadillos de queso fundido envueltos en servilletas. Servilletas para poder sacarlos a la calle, claro. Eran días en los que las doradas puestas de sol nos pillaban en la cancha, jugando partidos interminables hasta que la oscuridad pitase el final del encuentro. Qué nostalgia, qué tiempos. Como diría Sabina, tan joven y tan viejos…
De todos modos no hay motivos para estar triste. Todo lo contrario. Todos los días deberíamos dar gracias a Dios, a Alá, a Ramses o a quién queráis, porque la vida puede ser y es Maravillosa.
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